Aquí, en la tierra.
Primer premio Nacional Iniciación. Secretaría de Cultura. Buenos Aires. Argentina. Producción 1995-6.
Jurado: María Rosa Lojo, Jorge Laforgue, Horacio Castillo, Jorge Boccanera, Alberto Aliberti.
La Secretaría de Cultura de la Nación llama, cada año, a concurso de obras literarias en la producción científica, artística y literaria.
Se otorgan premios Consagración Nacional, Premios Nacionales, Premios Regionales y Premios Iniciación.
Los Premios INICIACIÓN (Primero y segundo premio) se otorgan con carácter de estímulo/.../ en las siguientes especialidades: a) Imaginación en prosa. b) Poesía c) Ensayo d) Teatro.
martes 29 de enero de 2008
CONCURSO NACIONAL en BUENOS AIRES, ARGENTINA
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Alba Vera Figueroa
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miércoles 23 de enero de 2008
ORGANIZACIÓN del LIBRO
Mi libro tenía un problema
Si bien se trataba de un libro de narrativa, estaba organizado en tres partes de estructuras, ritmos y tonos diferenciados: Relato, prosa poética y cuento fantástico. Por lo tanto, no podía presentarlo a un concurso específico de ninguno de los tres géneros.
Así, desde que lo escribí me sentía cohibida, tanto para compartirlo con mis amigas -más que uno o dos textos- en el grupo de lectura y crítica, como para dárselo a leer a escritores conocidos, algunos de quienes ya habían leído los cuentos de Es un lugar... Hubiese sido pedir demasiado al escaso tiempo del que se dispone para el cúmulo de lecturas que esperan. Cuánto menos pensar en el interés de una editorial. Estaba segura de que Aquí en la tierra, dormiría el sueño de los justos, puesto que no estaba dispuesta a desarmarlo para integrar sus partes en otros futuros libros de género único.
Mi marido y compañero me leyó el concurso de la Secretaría de Cultura, en la Sección Iniciación, Imaginación en prosa, donde al parecer había encontrado donde incluirlo. Ante mis divagaciones, él, Oscar, decidió preparar las copias, me dijo donde firmar y lo envió.
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miércoles 16 de enero de 2008
CIRCUNSTANCIAS
Concurso nacional. El concurso nacional, de la producción 95-96, que había cerrado su llamado en abril o mayo de 1996, dio a conocer el resultado a sus premiados en setiembre de 1998. En esos momentos preparaba mi viaje a España junto a mi marido e hijos, estudiantes universitarios. Buscábamos, sobre todo, un espacio donde las expectativas fuesen, al menos, esperanzadoras. Nos transformábamos así en reincidentes de la experiencia del desarraigo. En años anteriores (1977-1984), nuestro exilio en Suecia nos había dejado como saldo, ante todo, el saber que el estado de un país, si se lo propusiera su gobierno, es capaz de hacer posible a sus habitantes otro tipo de vida: desde otra organización, otro raciocinio y otra distribución económica. Un ordenamiento más humano, más justo, más compasivo en suma.
Aquella experiencia en Suecia, había agudizado nuestra mirada crítica para con los gobiernos de nuestro propio país: es de la apariencia desorganizada del estado –en etapas democráticas- y, paradójicamente, de la apariencia de orden estricto –etapas dictatoriales- de las que se valen los poderosos y malvivientes y perjudican a las personas honestas y trabajadoras. Fronteras adentro, en 1998, las decisiones políticas y económicas adversas a la mayoría de la población, que cada vez se empobrecía más, nos empujaba a la salida del país.
Situación política en Tucumán:
Desde 1983 hasta 1998, en la provincia de Tucumán se turnaban en el manejo del poder la derecha y la ultraderecha, salvo algunos independientes, diputados y senadores, de gran compromiso ético y político. La derecha, acostumbrada al saqueo gracias a los votos de los ciudadanos empobrecidos; la ultraderecha representada por los interventores militares protagonistas del pasado genocidio (74-83).
En pleno período democrático (83-98) un general y su entorno, beneficiado por la ley de punto final, junto a los demás acusados, militares del período 1974- 1983, recibieron un fuerte apoyo de "las fuerzas vivas", en las cúpulas de la provincia -poder judicial, legislativo, educativo y universitario-, salvo las honrosas excepciones que, si bien no despreciables en cuanto a número y a formación intelectual, se mantenían recluidas en un modesto accionar a fin de evitar el macabro señalamiento por parte de quienes trabajaban para el poder omnímodo.
El fuerte apoyo se propagandizaba desde tres ámbitos caros a la formación de conciencia: los templos católicos, las escuelas públicas y privadas, y el diario de la provincia. Los primeros, sembrados en toda la provincia, con sus jefes de iglesias, obedientes concienciadores (salvo malogradas excepciones); las escuelas privadas y católicas, las escuelas públicas y católicas; el periodismo, verdadero formador de opinión en todo el noroeste, representante de sectores que precisaban del orden que este militar genocida pregonaba y prometía en las campañas electorales.
Ciegos y sordos a la justicia internacional y a las voces roncas de los organismos de Derechos Humanos, y de los partidos políticos que denunciaban la situación, las "fuerzas vivas" apoyaron con decisión al general, -más tarde ex general, luego circunscripto a los límites territoriales debido al pedido de captura de Interpol, más tarde imputado y preso y por último, hace sólo unos meses, acusado de genocida (figura legal que en mayo de 2007 acaba de incorporar la justicia en Tucumán para enmarcar los hechos aquellos). De tal modo que, el derecho del estado -bajo todas sus formas-, a torturar, vejar, hacer desaparecer, enterrar en fosas comunes, en plenos años 1974 a 1983, se había hecho carne en la conciencia de una gran parte de la población de tucumanos, como "el único modo que el estado tenía para obtener confesiones o para hacer callar a los que se oponían a los planes económicos de la junta militar". Las actividades intelectuales y políticas pasaban ineludiblemente por el colador significante de "las fuerzas vivas". Los intelectuales, políticos, estudiantes, sindicalistas y trabajadores democráticos tuvimos una difícil situación que sortear para mantener nuestros trabajos, medios de subsistencia y escasa participación social.
El destino literario:
Una vez más mi "destino literario" parecía cambiar de rumbo, lo mismo que les ocurría a miles de tucumanos y argentinos, destino común éste que nos hace aceptar el desvío, mas no cejar en la persistencia. Envuelta en los sinsabores del desarraigo y el quehacer del inmigrante con familia he persistido en la lectura y escritura en un ámbito privado, aislada del contacto social vinculante con mis pares. El destino del libro premiado sufrió conmigo el mismo ostracismo hasta junio de 2007 en que lo desempolvé y empecé a buscarle un editor conveniente.
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miércoles 9 de enero de 2008
ÍNDICE del libro Aquí, en la tierra
Primera parte - Cuentos
EL CREPITAR
El crepitar (5-12) Siempre, siempre (13-15) El rastro (17-20 ) Venteveo (21-25) Eternidad (27-45)
Segunda parte - Prosa poética
INTROMISIONES
El tejido (49) Hendijas (50,51) Iloé (52) Ojos (53,54) Hálito (55, 56) Los techos (57,58)
Tercera parte - Relatos
DE PIE
De pie (61-64) Los pliegues (65-67) Opción (69-71) Muros remotos (73-76) El monte (77-79)
El cruce (81-99)
Parte I. Cuentan sus amigos (81-88)
Parte II. Ayer se ha ido (89-91)
Parte III. Anastasio Chocobar. El testigo (92-96)
Epílogo (97-98)
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sábado 22 de diciembre de 2007
EL CREPITAR - Cuento

Todo se fue elevando. Como pelusas izadas por una ráfaga de aire inexistente, las palabras en tumulto sigiloso subían desde el salón de lectura hasta llegar a los anaqueles superiores de la biblioteca Alberdi. Un temblor apenas perceptible. En los libros y maderas. En los estantes y hojas.
Afuera, por la calle calurosa, pasaban los manifestantes. Regresaban de Plaza Independencia a sus lugares de trabajo; los acompañaba el ulular de ambulancia que alguien dejaba escapar de un megáfono. Las voces desordenadas y enhebradas al clamor, junto al ruido de los pasos, seguían colándose por las ventanas de la biblioteca; se inmiscuían por entre las bisagras de los cerramientos de vidrio, sobrevolaban los mesones verdes y los escritorios alineados en el salón de lectura. La correntada de sonidos ininteligibles inquieta a los lectores que han levantado las miradas de sus libros. Pero no ven nada extraño. Sólo se encuentran con el rostro de Juan Bautista Alberdi que desde su retrato, enorme, preside esa reunión de insaciables buscadores.
Un viejo olor se ha difuminado por el recinto y alguien carraspea, otro tose y más allá se escucha un estornudo. El suave crujido del entarimado de madera distrae nuevamente a los lectores. Los desplazamientos cortos y rápidos de algunos empleados les alerta. También el taconeo mal disimulado de un inspector de policía.
Antes, temprano, los mismos manifestantes en la calle, habían marchado a la concentración de protesta con el grito fuerte y las voces uniformes en consigna. Ahora, el regreso es un largo animal cansado, aullante.
Los lectores pasan la mirada por las páginas y sus memorias repiten las imágenes: titulares de diarios y periódicos; polémicas, noticiosos televisivos, entrevistas. Cuando releen tienen la impresión de que ha cambiado el sentido de las frases.
Una empleada pasa sigilosa frente al retrato de Juan Bautista Alberdi y lo mira de soslayo, “al menos la expresión de su rostro, sereno, se mantiene inmutable. Aunque su mirada… ¡Bueno sería que también él!... ¿Habría imaginado este caos en la biblioteca? Tal vez en estos días, o meses, tan convulsionados, sería preferible cerrar las puertas. Porque los libros, produce horror pensarlo, pero los libros...” La mujer, que parece consumida por una enfermedad del cuerpo o tal vez por pensamientos, llega a la receptoría. Se acerca al grupo de empleados que rodea al inspector de policía que se ha presentado de traje oscuro y corbata blanca, y escucha que uno de los empleados le dice: No es la primera vez que ocurre. Se produce a partir de los meses de febrero o marzo, cuando arrecian las manifestaciones, las huelgas, los bocinazos, las bombas de estruendo.
Un directivo de la biblioteca le presenta al inspector y le pide a ella que informe.
—Bien, con mucho gusto, dice.
La mujer mira al inspector, su traje, estrecho pero impecable, los zapatos lustrosos. Algo incómoda, se arregla su falda reprimida y el cabello triste. Y luego empieza el informe largamente meditado.
—A veces, sin que el director lo perciba, señor inspector, nosotros, los empleados, hemos subido a la galería superior y hemos consultado algunos libros. Cómo explicarle... Hemos consultado los libros que consideramos más... inquietos. Y qué quiere que le diga, yo... yo tengo buena memoria. Y estoy segura que... bueno, habían cambiado. Como si las ideas estuviesen, cómo le diría... eso, renovadas. Sí, claro, suena un tanto loco. Pensé mucho en esto. Pero sígame usted también. Ellos están, digamos, expuestos. Pero como bien usted sabrá, las palabras, son, diría…, el alimento.
—De los lectores, dice usted.
—No, no, de los libros.
—Ah, los libros…Pero, ¿Los ha identificado? ¿A cuáles se refiere? – Replica impaciente.
—Algunos... ¿Cuáles dice? Bueno, sobre todo esos que la crítica llama vigentes. He pensado, y me digo, con estas ideas de algunos autores, acerca de que el personaje es el que vive, toma cuerpo y construye la historia. Qué le parece, no sé si me entiende.
—No demasiado. Explíquese con más detalles.
La mujer restriega sus manos huesudas que palidecen en los nudillos; se alisa la falda azul como si pretendiese plancharla o tal vez comprobar si sus piernas están presentes.
—Para mí, señor, hay una realidad innegable: ellos están, lo que se dice, publicados. -La mujer abre más los ojos como si la última palabra dicha no expresara todo su pensamiento.
—Sí, concuerdo. Dice el inspector entrecerrando los ojos.
—Pero, imagine usted por un momento a esos libros rebeldes, de finales abiertos, de personajes torturados, lenguaje un tanto revolucionario…
_Sí, lo capto. Bien, continúe.
_¿No le parece que el contacto… el lenguaje de la calle, en estos días, meses diría, más bien años, es decir…, no le parece que los expone al peligro?
—¿A los libros?
—Sí, claro. Yo he pensado que deberían permanecer en armarios.
—¿Encerrados?
—Sí, encerrados, me refiero. En realidad, hasta ahora sólo se ha pensado en retirarlos de circulación para que la juventud, usted sabe. Pero a mí, más que la juventud, me preocupan ellos: los libros.
—¡Ah! ¡Los libros! ¡Otra vez los libros!
—Son en verdad los que corren un riesgo innecesario. Son ellos los que realmente pueden ser modificados. Por ejemplo, siga usted mi pensamiento. Si en vacaciones leyera un buen libro, con el alma apacible, sin sobresaltos, encontraría determinadas frases a las que les otorgaría un sentido. Ahora, si cometiera el error de entrar a sus páginas cuando la ciudad está convulsionada, o si retornara de una manifestación o mientras estudiase acerca de los ideales de una revolución. ¿Se da cuenta? Imagine que esta misma transformación que ocurre a una inteligencia pudiera verificarse en el interior de un libro.
—Claro, en un libro… Entiendo. Dice el inspector pasando una mano por su mentón y llevándola hacia la cabeza.
—Es decir, volvamos. Otro caso: si un libro, desde el estante de una biblioteca popular en un pueblito solitario y perdido logra alimentar el devenir en un individuo que a su vez influirá sobre otros hombres y mujeres… imagine, si un libro es capaz de tamaña hazaña, entonces, cómo no figurarse que un libro mantenga otra serie de relaciones inimaginables para nosotros. Un libro es... cómo decirle para que nos entendamos. Un detonante. Un libro es un detonante.
—Siga, siga usted. Ahora me interesa.
—Sí, gracias. Además, he observado que, con el paso del tiempo, los libros van desplegando sus ideas. Nosotros les atribuimos, con nuestra propia creatividad, una serie de virtudes y leyendas que la mayoría de las veces no están en ellos. Porque los humanos somos, ante todo, fábula. No sólo fabuladores, somos fábula. Vertiginosos. Inmanejables. Y si usted me dispensa…pongamos ahora un libro como ejemplo. ¿Usted cree que La Biblia hubiese derivado prácticamente a entidad si no hubiese sido influida por las razas, por los panes y los peces, por las épocas, el poder y la palabra, por las luchas, por los padres y matronas, por los hijos desvariados, por...?
—Bien, pero La Biblia es otro caso. Saquemos a La Biblia de este asunto. - Dice el inspector con un rictus de contrariedad en sus cejas y algo enrojecido.
—Pero, ¿no ha notado usted que cada vez que se indaga en ella... allí se ha inscripto ya una nueva respuesta?
—...Mmmm, interesante. No puedo negarlo. Pero le ruego que volvamos a estos libros.
—Sí, muy bien. Y ya que usted, señor inspector, me ha permitido explayarme, lo cual agradezco, le invito a seguirme. Venga usted al primer piso.
En las galerías del piso superior, el bisbiseo disminuye.
—Acérquese, permanezca en silencio. –Susurra la empleada y lo mira desde sus ojos hundidos- Ni siquiera piense.
El inspector la observa de cerca y en la semipenumbra reconoce mejor las huellas del insomnio. Ella está inclinada hacia los libros, como si escuchara.
—¿Ha percibido usted? Trate por favor de entenderlos. Yo he aceptado estas ideas porque bueno, son los años que camino entre ellos, los consulto, los hojeo.
—Comparto, comparto. Ahora entiendo a aquellos visionarios. Es posible… ¡Hacia dónde podrían derivar!
—Tal vez a los armarios. Aislados. -Le insinúa con humildad.
—Comprendo, comprendo. Y agradezco su relato. Pero a mí, entienda usted, me cabe la responsabilidad estratégica que mi cargo me confiere. La misma que han sabido detentar tantos visionarios.
—Sí, entiendo, señor inspector. Pero, tal vez con el encierro baste.
—No, no es suficiente.
Y como inspirado, contagiado por la seriedad de la empleada, inicia una especie de discurso.
—Ellos, los que escriben, preveían seguramente que si un texto comenzaba citando, por ejemplo, la palabra humanidad, mañana evolucionaría a humanidad ultrajada. Si dijera valores, o éticamente hablando... en unos años mudarían hacia valores violentados o éticamente actuando, ¿me entiende usted? Entonces, ¿de qué hubiese servido exterminar a los revolucionarios, a los resistentes, a los opositores, a sus familiares? Era necesario conocer el germen, el origen de sus ideas. ¿Sabe usted cuánto se ha tortur…? Bien, bien, dejemos esto. Concluyamos: la salida es la fogata. El exterminio.
—¡No! Perdón…, si me permite…, sería una pérdida terrible. - Dice ella palideciendo aún más.
—¡No hay modo de frenarlos! Las palabras se filtran. Ya ve usted en este recinto sagrado.
—¿Y cómo elegirá usted? A cuáles…
—Mañana seleccionaremos el material adecuado. Designaré, para esta noche, un guardia en el salón.
Cuando llegó la noche ninguna estrella brilló en la biblioteca. La calle sólo aportaba silbidos extraviados y el ronquido de algún motor melancólico. El guardia arrastró uno de los mesones verdes hacia el costado de la sala, tal vez para sentirse más abrigado, extendió una manta que había traído y se preparó para dormir. Antes, su mirada recorrió las estanterías cubiertas de libros que parecían unirse con las del piso superior y le pareció muy extraño dormir en un lugar como ese. Se imaginó en el fondo de un acantilado tapizado de libros. Se preguntó qué custodiaba. Se levantó y con su linterna recorrió alumbrando aquí y allá. Subió las escaleras angostas, caminó entre las estanterías y no pudo evitar el recuerdo del inspector, serio y preocupado, cuando le encargara la misión. Pero todo estaba sereno. Lo que allí había eran palabras estampadas en esas páginas unidas y encerradas entre dos tapas, que como dos lápidas las aprisionaban. Eran palabras, sólo palabras. Qué podía temer. Volvió al salón de lectura y se recostó más tranquilo sobre el mesón.
Pronto, fue un monótono discurrir su sueño. No escuchó, por cierto, el susurrar en los estantes; tampoco el movimiento sigiloso de las palabras impresas, de los espacios en blanco, ni de las páginas; el intercambio incesante de los temas, la búsqueda entre los iguales, la consulta de aquellos libros que se sabían hijos de otros libros como la empleada había explicado al inspector de policía. No pudo, en consecuencia, protegerse de la monstruosa avalancha de libros que desde la galería del piso superior lo sepultó hasta la mañana siguiente.
Es temprano en la ciudad cuando el inspector es notificado del destino de su guardia. Ordena, con un rugido, que los libros seleccionados sean los de la avalancha.
Por la calle reiteran su marcha los manifestantes. Las consignas en el aire son una voz grave que pasa frente a la biblioteca Alberdi, ahora clausurada.
Los lectores, ante la puerta, bajan a la calle y acompañan a los manifestantes.
En el patio posterior a la sala de lectura, inspectores y funcionarios, de impecables trajes oscuros, rodean la hoguera de libros.
Sólo la empleada, iluminada por el crepitar de las llamas , advierte que los retorcidos fragmentos de páginas que se elevan están en blanco. Un alivio se dibuja en su rostro y una sonrisa en la comisura de sus labios; se le escapa un profundo suspiro.
El inspector, a su lado, más impecable que nunca, carraspea y se arregla el nudo de la corbata.
FÍN
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Alba Vera Figueroa
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